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Misericordia

—Yo dar ti p'peleto...
—¿Un papelito?
—Sí... Poner tú punta lluengua...
—¿En la punta de la lengua?
—Sí: entrar con ello Banco, p'peleto en llengua, y naide ver
ti.Poder coger diniero tuda... No ver ti naide.
—Pero eso es robar, Almudena.
Naide ver, naide a ti dicir naida.
—Quita, quita... Yo no tengo esas mañas. Robar, no. ¿Que no
me ven? PeroDios me verá».
No desistía el apasionado marroquí de ganar la voluntad de la
dama (queasí debemos llamarla en este caso, toda vez que como
tal él la veía conlos ojos de su alma); y conociendo que los
medios positivos eran los máseficaces, y que antes que las
razones con que él pudiera expugnarla larendiría su propia
codicia y el anhelo de enriquecerse, se arrancó conotro
sortilegio, producto natural de su sangre semítica y de su
ricaimaginación. Díjole que entre todos los secretos de que por
favor deDios era depositario, había uno que no pensaba confiar
más que a lapersona que fuese dueña de todo su cariño; y como
esta persona era ella,la mujer soñada, la mujer prometida por el
soberano Samdai, a ellasola revelaba el infalible procedimiento
para descubrir los tesorossoterrados. Aunque afectaba Benina
 
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