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Misericordia

del eclesiástico, salió como todos los días,la cesta al brazo,
dispuesta a no perder la mañana y hacer algo útil. Alsalir le dijo
su ama: «Me parece que tendremos que hacer un obsequio
anuestro D. Romualdo... Conviene demostrar que somos
agradecidas y bieneducadas. Llévale de mi parte dos botellas de
Champagne de buenamarca, para que acompañe con ellas el
guisado, que le harás hoy, delconejo.
—¿Pero está loca, señora? ¿Sabe lo que cuestan dos botellas
deChampaña? Nos empeñaríamos para tres meses. Siempre ha
de ser usted lomismo. Por gustar tanto del quedar bien, se ve
ahora tan pobre. Ya leobsequiaremos cuando nos caiga la
lotería, pues de hoy no pasa quebusque yo quien me ceda una
peseta en un décimo de los de a tres.
—Bueno, bueno: anda con Dios».
Y se fue la señora a platicar con Frasquito, que animado y
locuazestaba. Una y otro evocaron recuerdos de la tierra
andaluza en quehabían nacido, resucitando familias, personas y
sucesos; y charla que techarla, Doña Francisca salió por el
registro de su sueño, aunque seguardó bien de contárselo al
paisano. «Dígame, Ponte: ¿qué ha sido de D.Pedro José García
de los Antrines?». Después de un penoso espurgo en
losobscuros cartapacios de su memoria, respondió Frasquito que
el D. Pedrose había muerto el año de la Revolución.
«Anda, anda; y yo creí que aún vivía. ¿Sabe usted quién
heredó susbienes?
—Pues su hijo Rafael, que no ha querido casarse. Ya va para
viejo. Bienpodría suceder que se acordara de nosotros, de sus
hijos de usted y demí, pues no tiene parentela más próxima.
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