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Misericordia

—Ten calma, mujer... Pues dejaba la mitad de sus bienes a mis
hijosObdulia y Antoñito, y la otra mitad a Frasquito Ponte. ¿Qué
te parece?
—Que a ese bendito señor debían de hacerle santo.
—Dijéronme D. Francisco y D. José María que hace días
andaban buscándomepara darme conocimiento de la herencia, y
que preguntando aquí y acullá,al fin averiguaron las señas de
esta casa... ¿por quién dirás? por elsacerdote D. Romualdo,
propuesto ya para obispo, el cual les dijotambién que yo había
recogido al señor de Ponte... 'De modo—me dijeronechándose a
reír—, que al venir a ofrecer a usted nuestros respetos,señora
mía, matamos dos pájaros de un tiro'.
—Pero vamos a cuentas: todo eso es, como quien dice,
soñado.
—Claro: ¿no has oído que me quedé dormida en el sillón?...
Como que esosdos señores que estuvieron a visitarme, se
murieron hace treinta años,cuando yo era novia de Antonio...
figúrate... y García de los Antrinesera muy viejo entonces. No
he vuelto a saber de él... Pues sí, todo hasido obra de un sueño;
pero tan a lo vivo que aún me parece que lesestoy mirando... Te
lo cuento para que te rías... no, no es cosa derisa, que los
sueños...
—Los sueños, los sueños, digan lo que quieran—manifestó
Nina—, sontambién de Dios; ¿y quién va a saber lo que es
verdad y lo que esmentira?
—Cabal... ¿Quién te dice a ti que detrás, o debajo, o encima de
estemundo que vemos, no hay otro mundo donde viven los que
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