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Misericordia

olvidósele repentinamente a Benina elobjeto principal que a tal
sitio la llevara, y no pensó más que enaveriguar qué había sido
del desamparado Frasquito. Tiempo tenía de darun salto a la
casa del Comadreja, y volver a punto que regresase a
sudomicilio la Doña Bernarda. Dicho y hecho. Un momento
después, entrabala diligente anciana en la fementida tabernuca
que da la cara alpúblico en el establecimiento citado, y lo
primero que allí vio fue laabominable estampa de Luquitas, el
esposo de Obdulia, que con otrosperdidos y dos o tres mujeres
zarrapastrosas, jugaba a las cartas en unasucia mesilla circular,
entre copas de Cariñena y Pardillo. En elmomento de entrar
Benina, acababan un juego, y antes de echar otra mano,el hijo de
Doña Paca tiró sobre la mesa los asquerosos naipes, que
enmugre competían con las manos de los jugadores; se
levantótambaleándose, y con media lengua y finura
desconcertada, de la quesuelen emplear los borrachos, ofreció a
la criada de su suegra un vasode vino. «Quite allá, señorito, yo
ya he bebido... Se agradece...»—dijola anciana, rechazando el
vaso.
Pero tan pesado se puso el señorito, y con tal insistencia le
coreabanlos demás pidiendo que bebiese la señora, que esta
tuvo miedo, y tomóla mitad del contenido del vaso pegajoso. No
quería ponerse a mal conaquella gentuza, por lo que pudiera
tronar, y sin perder tiempo nimeterse en dimes y diretes con el
vicioso Luquitas, por el abandono enque a su mujer tenía, se fue
derecha a su objeto: «¿Y no está por aquíla Pitusa?
—Aquí está para servirla—dijo una mujer escuálida, saliendo
por estrechapuertecilla, bien disimulada entre los estantes llenos
de botellas ygarrafas que había detrás del mostrador. Como
grieta que da paso alescondrijo de una anguila, así era la puerta,
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