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Misericordia

rezando a todos los santosdel cielo para que te inspiren, y a las
dos nos saquen de estePurgatorio. Adiós, hija».
Habiéndose trazado un plan, el único que, en su certero juicio,
leofrecía remotas probabilidades de éxito, dirigiose Benina a la
calle deMediodía Grande, y a la casa de dormir propiedad de su
amiga DoñaBernarda.
La dueña del establecimiento brillaba por su ausencia. Fue
recibidaBenina por la encargada, y por un hombre llamado
Prieto, quedisfrutaba de toda la confianza de aquella, y llevaba
la contabilidaddel alquiler diario de camas. No tuvo la anciana
más remedio queesperar, pues aquel par de congrios carecían de
facultades pararesolverle el problema que tan atrozmente la
inquietaba. Hablando,hablando, del negocio de dormir (el año
iba muy malo, y cada nochedormía menos gente, y los micos
menudeaban), ocurriole a Beninapreguntar por Frasquito Ponte;
a lo que respondió Prieto que la nocheanterior se habían visto en
el caso de no admitirle porque era deudor yade siete camas, y no
había dado nada a cuenta.
«¡Pobre señor!—dijo Benina—; habrá dormido al raso... Es un
dolor... asus años... Mejorando lo presente, es más viejo que la
Cuesta de laVega».
Refirió la encargada que no sabiendo Don Frasquito dónde
meterse, habíaconseguido ser albergado en la casa del
Comadreja, calle de MediodíaChica, dos pasos de allí. Por más
señas, había corrido la noticia de queestaba enfermo. Al oír esto,
 
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