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Misericordia

Halló a Doña Paca de mal temple, porque se había parecido en
la casa,muy de mañana, un dependiente de la tienda, y habíala
insultado conexpresiones brutales y soeces. La pobre señora
lloraba y se tiraba delos pelos, suplicando a su fiel amiga que
arase la tierra en busca delos pocos duros que hacían falta, para
tirárselos al rostro al bestiadel tendero, y Benina se devanaba los
sesos por encontrar la solucióndel terrible conflicto.
«Mujer, por piedad, discurre, inventa algo—le decía la señora,
hecha unmar de lágrimas—. Para las ocasiones son los amigos.
En circunstanciasmuy críticas, no hay más remedio que perder
la vergüenza... ¿No se teocurre, como a mí, que tu D. Romualdo
podría sacarnos del compromiso?».
La criada no contestó. Preparando la comida de su ama, daba
vueltas ensu mente a las combinaciones más sutiles. Repetida la
proposición porDoña Paca, pareció que Benina la encontraba
razonable. «D. Romualdo...sí, sí. Iré a ver... Pero no respondo,
señora, no respondo. Quizásdesconfíen... Una cosa es hacer
caridad, y otra prestar dinero... y nosalimos del paso con menos
de diez duros... ¿Qué dijo ese bruto deGabino? ¿que volvería
mañana a darnos otro escándalo?... ¡Canalla,ladrón... que todo lo
vende adúltero!... Pues, sí, es cosa de diezduros, y no sé si D.
Romualdo... Por él no quedaría; pero su hermana espuño en
rostro... ¡Diez duros!... Voy a ver... Pero no extrañe laseñora
que tarde un poco. Estas cosas... no sabe una cómo
tratarlas...Depende de la cara que pongan; a lo mejor salen con
aquello de «vuelvausted...». Me voy, me voy; ya me entra la
desazón... tardaré... pero notarda quien a casa llega...
—Sobre todo si no trae las manos vacías. Vete, hija, vete, y el
Señor teacompañe y te afine las entendederas. Si yo tuviera tu
talento, prontosaldría de estas trapisondas. Aquí me quedo
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