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Misericordia

—Déjese de angelorios, y coja la moneda. ¿No quiere? Pues
usted se lopierde. Ya verá como las gasta la dormilera, que no
fía más que unanoche, y apurando mucho, dos. Y no salga
diciendo que a mí me hacefalta. ¡Como que no tengo otra! Pero
yo me gobernaré como pueda parasacar el diario de mañana de
debajo de las piedras... Que la tome, digo.
Señá Benina, he llegado a tal extremidad de miseria y
humillación,que aceptarla la peseta, sí, señora, la aceptaría,
olvidándome de quiénsoy y de mi dignidad, etc... pero ¿cómo
quiere usted que yo reciba eseanticipo, sabiendo, como sé, que
usted pide limosna para atender a suseñora? No puedo, no... Mi
conciencia se subleva...
—Déjese de sublevaciones, que no somos aquí de tropa. O
usted se llevala pesetilla, o me enfado, como Dios es mi padre.
D. Frasquito, no hagapapeles, que es usted más mendigo que el
inventor del hambre. ¿O es quenecesita más dinero, porque le
debe más a la Bernarda? En este caso, nopuedo dárselo, porque
no lo tengo... Pero no sea usted lila, D.Frasquito, ni se haga de
mieles, que esa lagartona de la Bernarda se locomerá vivo, si no
le acusa las cuarenta. A un parroquiano como usted,de la
aristocracia, no se le niega el hospedaje porque deba,
unsuponer, tres noches, cuatro noches... Plántese el buen
Frasquito, concien mil pares, y verá cómo la Bernarda agacha
las orejas... Le da ustedsus cuatro reales a cuenta, y... échese a
dormir tranquilo en elcamastro».
O no se convencía Ponte, o convencido de lo buena que sería
para él laposesión de la peseta, le repugnaba el acto material de
extender la manoy recibir la limosna. Benina reforzó su
argumentación diciéndole: «Ypuesto que es el niño tan
vergonzoso, y no se atreve con su patrona, niaun dándole a
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