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Misericordia

Fuese Ponte Delgado, despidiéndose con afectuosas
salutaciones ysonrisas tristes, y tras él Benina, que apresuró el
paso para alcanzarleen el portal o en la calle, deseosa de echar
con él un parrafito.
«Sí, D. Frasco—le dijo codeándose con él en la calle de San
PedroMártir—. Usted no tiene confianza conmigo, y debe
tenerla. Yo soy pobre,más pobre que las ratas; y Dios sabe las
amarguras que paso paramantener a mi señora y a la niña, y
mantenerme a mí... Pero hay quien megana en pobreza, y ese
pobre de más solenidá que nadie es usted... Nodiga que no.
—Señá Benina, repito que es usted un ángel.
—Sí... de cornisa... Yo no quiero que usted esté tan
desamparado. ¿Porqué le ha hecho Dios tan vergonzoso? Buena
es la vergüenza; pero notanta, Señor... Ya sabemos que el Sr. de
Ponte es persona decente; peroha venido a menos, tan a menos,
que no se lo lleva el viento porque notiene por dónde agarrarlo.
Pues bueno: yo soy Juan Claridades; despuésde atender a todo
lo del día, me ha sobrado una peseta. Téngala...
—Por Dios, señá Benina—dijo Frasquito palideciendo
primero, despuésrojo.
—No haga melindres, que le vendrá muy bien para que pueda
pagarle aBernarda la cama de anoche.
—¡Qué ángel, santo Dios, qué ángel!
 
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