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Misericordia

—Hará usted una figura arrogantísima...
—¡Oh! no tanto.
—¿Por qué es usted tan modesto? Yo lo veo así, y suelo ver
las cosasbien claras. Todo lo que yo veo es verdad.
—Sí; pero...
—No me contradiga usted, Ponte, no me contradiga en esto ni
en nada.
—Acato humildemente sus aseveraciones—dijo Frasquito
humillándose—.Siempre hice lo mismo con todas las damas a
quienes he tratado, que hansido muchas, Obdulia, pero muchas...
—Eso bien se ve. No conozco otra persona que se le iguale en
la finuradel trato. Francamente, es usted el prototipo de la
elegancia... dela...
—¡Por Dios!...».
Al llegar a esta frase, el punto o vértice del delirio hízoles caer
debruces sobre la realidad la brusca entrada de Benina, que,
concluidassus faenas de fregado y arreglo de la cocina y
comedor, se despedía.Cayó Ponte en la cuenta de que era la hora
de ir a cumplir susobligaciones en la casa donde trabajaba, y
pidió licencia a la imperialdama para retirarse. Esta se la dio con
sentimiento, mostrándosepesarosa de la soledad en que hasta el
próximo día quedaba en suspalacios, habitados por sombras de
chambelanes y otros guapísimospalaciegos. Que estos, ante los
ojos de los demás mortales, tomaranforma de gatos mayadores,
a ella no le importaba. En su soledad, serecrearía discurriendo
muy a sus anchas por la estufa, admirando lasgalanas flores
tropicales, y aspirando sus embriagadoras fragancias.
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