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Misericordia

vergüenza de su aflictivo estado y el retraimientoconsiguiente,
no tenían poca parte en su atraso mental y en la pobrezade sus
pensamientos.
Por miedo a que le viesen hecho una facha, se pasaba semanas
y aun mesessin salir de sus barrios; y como no tuviera necesidad
imperiosa que alcentro le llamase, no pasaba de la Plaza Mayor.
Le azaraba continuamentela monomanía centrífuga; prefería
para sus divagaciones las callesobscuras y extraviadas, donde
rara vez se ve un sombrero de copa. Entales sitios, y disfrutando
de sosiego, tiempo sin tasa y soledad, supoder imaginativo hacía
revivir los tiempos felices, o creaba en lospresentes seres y
cosas al gusto y medida del mísero soñador.
En sus coloquios con Obdulia, Frasquito no cesaba de referirle
su vidasocial y elegante de otros tiempos, con interesantes
pormenores: cómofue presentado en las tertulias de los señores
de Tal, o de la Marquesade Cuál; qué personas distinguidas allí
conoció, y cuáles eran suscaracteres, costumbres y modos de
vestir. Enumeraba las casas suntuosasdonde había pasado horas
felices, conociendo lo mejorcito de Madrid enambos sexos, y
recreándose con amenos coloquios y pasatiempos muybonitos.
Cuando la conversación recaía en cosas de arte, Ponte,
quedeliraba por la música y por el Real, tarareaba trozos de
Norma y deMaria di Rohan, que Obdulia escuchaba con éxtasis.
Otras veces,lanzándose a la poesía, recitábale versos de D.
Gregorio RomeroLarrañaga y de otros vates de aquellos tiempos
bobos. La radicalignorancia de la joven era terreno propio para
estos ensayos deliteraria educación, pues en todo hallaba
novedad, todo le causaba elembeleso que sentiría una criatura al
ver juguetes por primera vez.
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