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Misericordia

Con el espantoso desequilibrio que trajeron al menguado
presupuesto, lasbotas nuevas y otros artículos de verdadera
superfluidad, como pomada,tarjetas, etc., en los cuales fue
preciso invertir sumas de relativaconsideración, se quedó
Frasquito enteramente vacío de barriga y sinsaber dónde ni
cómo había que llenarla. Pero la Providencia, que noabandona a
los buenos, le deparó su remedio en la casa misma de
Obdulia,que le mataba el hambre algunos días, rogándole que la
acompañase aalmorzar; y por cierto que tenía que gastar no poca
saliva parareducirle, y vencer su delicadeza y cortedad. Benina,
que le leía en elrostro la inanición, gastaba menos etiquetas que
su señorita, y leservía con brusquedad, riéndose de los melindres
y repulgos con que dabadelicada forma a la aceptación.
Aquel día, que tan siniestro se presentaba, y que la aparición
de Beninatrocó en uno de los más dichosos, Obdulia y
Frasquito, en cuantocomprendieron que estaba resuelto el
problema de la reparaciónorgánica, se lanzaron a cien mil leguas
de la realidad, para espaciarsus almas en el rosado ambiente de
los bienes fingidos. Las ideas dePonte eran muy limitadas: las
que pudo adquirir en los veinte años de suapogeo social se
petrificaron, y ni en ellas hubo modificación, ni lasadquirió
nuevas. La miseria le apartó de sus antiguas amistades
yrelaciones, y así como su cuerpo se momificaba, su
pensamiento se ibaquedando fósil. En su manera de pensar, no
había rebasado las líneas del68 y 70. Ignoraba cosas que sabe
todo el mundo; parecía hombre caído deun nido o de las nubes;
juzgaba de sucesos y personas con candorosainocencia. La
 
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