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Misericordia

cuales realizaba el milagro devivir, agenciándose comida y
lecho, y no se dice casa, porque enrealidad no la tenía.
Ya desde el 80, que fue el año terrible para el sin ventura
Frasquito,se determinó a no tener domicilio, y después de unos
días de horrorosacrisis en que pudo compararse al caracol, por el
aquel de llevar su casaconsigo, entendiose con la señá Bernarda,
la dueña de los dormitoriosde la calle del Mediodía Grande,
mujer muy dispuesta y que sabíadistinguir. Por tres reales le
daba cama de a peseta, y en obsequio a laexcepcional decencia
del parroquiano, por sólo un real de añadidura ledejaba tener su
baúl en un cuartucho interior, donde, además, lepermitía estar
una hora todas las mañanas arreglándose la ropa, yacicalándose
con sus lavatorios, cosméticos y manos de tinte. Entrabacomo
un cadáver, y salía desconocido, limpio, oloroso y reluciente
dehermosura.
La restante peseta la empleaba en comer y en vestirse...
¡Problemainmenso, álgebra imposible! Con todos sus apuros,
aquella temporada ledio relativo descanso, porque no sufría la
humillación de pedir socorro,y malo o bueno, tuerto o derecho,
tenía el hombre un medio de vivir, yvivía y respiraba, y aún le
sobraba tiempo para dar algunas volteretaspor los espacios
imaginarios. Su honesto trato con Obdulia, que vino
delconocimiento con Doña Paca y de las relaciones comerciales
de las viejascereras con el funerario, suegro de la niña, si llevó
al espíritu dePonte el consuelo de la concordancia de ideas,
gustos y aficiones, lepuso en el grave compromiso de desatender
las necesidades de boca paracomprarse unas botas nuevas, pues
las que por entonces prestabanservicio exclusivo hallábanse
horrorosamente desfiguradas, y por todopasaba el menesteroso,
menos por entrar con feo pie en las regiones delo ideal.
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