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Misericordia

El largo descanso en el café le permitió recorrer como una
exhalaciónla distancia entre el Rastro y la calle de la Cabeza,
donde vivía laseñorita Obdulia, a quien deseaba visitar y
socorrer antes de irse acasa, pues era indudable que a la niña
correspondía la mitad, perra máso menos, de uno de los duros de
D. Carlos. A las doce menos cuartoentraba en el portal, que por
lo siniestro y húmedo parecía la puerta deuna cárcel. En lo bajo
había un establecimiento de burras de leche,con borriquitas
pintadas en la muestra, y dentro vivían, sin aire niluz, las
pacíficas nodrizas de tísicos, encanijados y catarrosos. En
laportería daban asilo a un conocido de Benina, el ciego Pulido,
que eratambién punto fijo en San Sebastián. Con él y con el
burrero charló unrato antes de subir, y ambos le dieron dos
noticias muy malas: que iba asubir el pan y que había bajado
mucho la Bolsa, señal lo primero de queno llovía, y lo segundo
de que estaba al caer una revolución gorda, todoporque los
artistas pedían las ocho horas y los amos no queríandarlas.
Anunció el burrero con profética gravedad que pronto se
quitaríatodo el dinero metálico y no quedaría más que papel,
hasta para laspesetas, y que echarían nuevas contribuciones,
inclusive, por rascarsey por darse de quién a quién los buenos
días. Con estas malasimpresiones subió Benina la escalera, tan
descansada como lóbrega, conlos peldaños en panza, las paredes
desconchadas, sin que faltaran losletreros de carbón o lápiz
garabateados junto a las puertas decuarterones, por cuyo quicio
inferior asomaba el pedazo de estera, nilos faroles sucios que de
día semejaban urnas de santos. En el primerpiso, bajando del
cielo, con vecindad de gatos y vistas magníficas a lastejas y
buhardillones, vivía la señorita Obdulia; su casa, por laanchura
de las habitaciones destartaladas y frías, hubiera
parecidoconvento, a no ser por la poca elevación de los techos,
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