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Misericordia

la Magdalena para estos tafetanes, como dijo elotro... Y ahora
pienso, señoras, que a ustedes, que comercian, lesconviene este
libro. Ea, lo vendo, si me lo pagan bien.
—¿Cuánto?
—Por ser para ustedes, dos reales.
—Es mucho—dijo Cuarto e kilo, mirando las hojas del libro,
quecontinuaba en manos de su compañera—. Y ¿para qué lo
queremos nosotras,si nos estorba lo negro?
—Toma—indicó Petra, acometida de una risa infantil al
repasar, con eldedo mojado en saliva, las hojas—. Se marca con
rayitas: tantascantidades, tantas rayas, y así es más claro... Se da
un real, ea.
—¿Pero no ven que está nuevo? Su valor, aquí, lo dice: «dos
pesetas».
Regatearon. Almudena conciliaba los intereses de una y otra
parte, y porfin quedó cerrado el trato en cuarenta céntimos, con
lápiz y todo. Saliódel café la Benina, gozosa, pensando que no
había perdido el tiempo,pues si resultaban fantásticas las
pieldras preciosas que en montonesMordejai pusiera ante su
vista, positivas y de buena ley eran las cuatroperras, como
cuatro soles, que había ganado vendiendo el inútil regalodel
monomaníaco Trujillo.
 
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