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Misericordia

había venido al mundo para ser o comercianta o nada,era que
los cuartos ganados en la compra-venta se le pegaban albolsillo,
despertando en ella vagos anhelos de ahorro, mientras que
losque por otros medios iban a sus flacas manos, se le escapaban
por entrelos dedos antes de que cerrar pudiera el puño para
guardarlos.
Oyó Benina muy atenta estas explicaciones, que tuvieron la
virtud deinfundirle cierta simpatía hacia la borracha, porque
también ella,Benina, se sentía negocianta; también acarició su
alma alguna vez lailusión del compra-vende. ¡Ah! si, en vez de
dedicarse al servicio,trabajando como una negra, hubiera
tomado una puerta de calle, otrogallo le cantara. Pero ya su
vejez y la indisoluble sociedad moral conDoña Paca la
imposibilitaban para el comercio.
Insistió la buena mujer en abandonar la grata tertulia, y cuando
selevantó para despedirse cayósele el lápiz que le había dado D.
Carlos,y al intentar recogerlo del suelo, cayósele también la
agenda.
«Pues no lleva usted ahí pocas cosas—dijo la Petra, cogiendo
el libro yhojeándolo rápidamente, con mohines de lectora,
aunque más biendeletreaba que leía—. ¿Esto qué es? Un libro
para llevar cuentas. ¡Cómome gusta! Marzo, dice aquí, y luego
Pe...setas, y luego céntimos.Es mu bonito apuntar aquí todo lo
que sale y entra. Yo escribo talcual; pero en los números me
atasco, porque los ochos se me enredan enlos dedos, y cuando
sumo no me acuerdo nunca de lo que se lleva.
—Ese libro—dijo Benina, que al punto vislumbró un
negocio—, me lo dio unpariente de mi señora, para que
lleváramos por apuntación el gasto; perono sabemos. Ya no está
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