«Todo ha concluido, señor cura. Se han casado y se han ido
felices,encantados. Hubiera dado diez años de mi vida por
hallarme en lugar deJuno. Con quien, vos sabéis. ¿Cuándo será
eso?
«¿Sabéis lo que me ha dicho mi tío? Me ha asegurado que los
hombres queaman sólo una vez son tan raros como el Pico de la
Aguja Verde. Mi cura,mi querido cura, os lo suplico, aplicad
mañana vuestra misa para que elseñor de Couprat no sea el Pico
de la Aguja Verde.
«Hasta la vista, señor cura; espero que pronto seréis cura de
Pavol».
EL único acontecimiento del fin de invierno, fue en efecto
lainstalación del cura en la parroquia del Pavol, y me parece
inútildemostrar con palabras el júbilo de ambos al hallarnos
cerca y sin temorde próxima separación.
¡Con qué delicia le veía subir al púlpito y predicar contra la
iniquidadde los hombres!
Por las tardes llegaba al castillo como antes al Zarzal, con la
sotanaremangada, la teja bajo el brazo y la melena al viento.
Reanudamos nuestras charlas, discusiones y disputas.
Me parecía que el tiempo andaba con pies de plomo, y las
cartas de Junoque respiraban la más completa felicidad, no eran
