—Sí señor, lo que habéis oído. He dicho: comido por los
gusanos, porquesegún mi modo de ver la más encantadora luz
de la vida de una mujer, esla de la viudez...
El alto y poderoso barón Le Maltour, aunque de raza de
héroes, noresistió a esa prueba. Y comprendiendo el sentido
oculto de miscaprichos tártaros, se fue y no volvió más.
Mi tío se enojó, pero no se me importó. Hice una pirueta y le
dije conaire sentencioso:
—Tío, quien quiere el fin pone los medios.
SIEMPRE cumplí la promesa que hice al cura, y le escribía
conpuntualidad dos veces por semana.
Esta costumbre le pareció tan dulce y halagadora, que cuando
interrumpíde golpe la regularidad de nuestra correspondencia,
quedó sumergido eninquietudes y tristeza.
Absorta por mis quebrantos, permanecí quince días sin darle
señales devida; después, cediendo a sus instancias, comencé a
expedirle misivaspor el estilo de ésta:
«Señor Cura:—Acabo de descubrir que los hombres son
estúpidos. ¿No osparece así? Y echando al diablo las
conveniencias sociales, os abrazo».
