—¡Hum! por una mujer criada en las selvas, o algo por el
estilo.
—Y tal apreciación no iría muy descaminada, puesto que el
Zarzal y unaselva son la misma cosa.
—En fin, sobrina, convéncete de que te he hablado seriamente;
vete yreflexiona.
Comprendí que no se podía tomar a broma este formidable
reto. Me encerréen mi cuarto donde reflexioné veintiocho
minutos y medio, durante loscuales sentí germinar en mi
corazón el loable deseo de trabar relacióncon la mesura.
MUY pronto llegué a descubrir que muchas veces la fama de
sabiduría deque gozan los proverbios no es hurtada; que en
ciertos casos, querer espoder y que con un poquito de buena
voluntad me sería fácil poner enpráctica los consejos de mi tío.
No quiero decir con esto, que no haya vuelto a cometer
necedades desdeentonces, ¡oh, no! eso sucedía aún, bastante a
menudo, pero logrévolverme seria y adquirir un sosiego relativo.
Por otra parte, si mi tío me había reprendido había sido en
previsióndel porvenir, porque entonces me hallaba en un medio
social en el quemis acciones y palabras eran juzgadas con la
mayor indulgencia. Eraaquella una sociedad amena, y educada,
llena de tradiciones de cortesía,y en las que contaba sin saberlo
con gran número de parientes yallegados.
