«Reinita: tu carta ha venido a consolarme y alegrarme en mi
soledad, teruego que no te canses de escribirme. No sé que
hacerme sin ti, y no voyal Zarzal, de miedo de llorar como un
niño. Me reprocho mi egoísmo,puesto que eres feliz, pero como
dice la Escritura, la carne es débil, ymi parroquia, mis deberes y
mis oraciones no me han hecho olvidartetodavía.
«Adiós, querida y buena hijita mía, terminaré esta carta
diciéndote:desconfía de la imaginación».
Y esta frase, produjo una impresión desagradable en mi ánimo
agitado.
HACÍA tres semanas que me hallaba en el Pavol y mi tío
pretendía que enese lapso de tiempo, había embellecido tanto,
que sí me llegara aencontrar el cura, no le fuera posible
reconocerme. Comparábame a esasplantas de mucha savia, que
brotan hermosas en terreno ingrato, porqueson lozanas de por sí,
pero que trasplantadas a tierras propicias a sunaturaleza, se
desarrollan de pronto de un modo increíble. Cuando memiraba
al espejo, convencíame de que mis ojos pardos tenían
nuevobrillo, mi boca más frescura, y de que mi tez de
meridional, adquiríamatices róseos y delicados, que me
producían vivísima satisfacción.
Sin embargo, algunos días después del almuerzo de que he
hablado,descubrí de un modo cierto que me había engañado
groseramente, creyendocon toda simpleza, que el señor de
