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Mi Tio y Mi Cura

Y se precipitó detrás de las sirvientes cerrando furiosa la
puerta de ungolpazo.
—Señor cura—dije yo inmediatamente,—¿creéis que en el
universo enterohaya otra mujer tan abominable como mi tía?
—¿Qué es eso, qué es eso, mi hijita? ¿Qué quiere decir eso?
—¿Sabéis lo que ha hecho ayer, señor cura? ¡Me ha pegado!
—¡Pegado!—repitió el cura con aire incrédulo, tan imposible
le parecíaque alguien se atreviera a tocar, ni aun con un dedo, a
un ser tandelicado como mi persona.
—¡Sí, pegado! Y si no me creéis, os voy a mostrar las marcas.
Y ya empecé a desprenderme la bata. El cura me miró con aire
espantado.
—Es inútil, es inútil, basta con que me lo digas, te creo—
exclamóprecipitadamente, con el rostro carmesí y bajando
púdicamente los ojoshacia las puntas de sus zapatos.
—¡Pegarme el día de mi santo, el día en que cumplía diez y
seisaños!—y continué yo abrochando mi bata.—¿Sabéis que la
detesto?
Y con el puño cerrado golpeé sobre la mesa, lo que me dolió
bastante.
—Veamos, veamos, mi buena hijita—díjome conmovido el
cura,—cálmate ycuéntame lo que tú le hiciste.
—Nada. En cuanto os fuisteis, me apellidó desfachatada y se
lanzó sobremi como una furia. ¡Ah, qué odiosa!
—Vamos, Reina, vamos, bien sabes que hay que perdonar las
ofensas.
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