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Mi Tio y Mi Cura

Tenía el semblante áspero de un salteador de caminos,
vestíaconstantemente zagalejo corto y calzaba zapatos bajos,
aunque nuncafuera a la ciudad a vender leche, ni trotara su
imaginación como la dela lechera de la fábula.
—Susana—díjele colocándome delante de ella, con
aireresuelto,—¿conque yo soy rica?
—¿Quién os ha dicho tal sandez, señorita?
—Eso no te importa, Susana; lo que quiero es que me
contestes y medigas dónde vive mi tío de Pavol.
—¡Quiero, quiero!—rezongó Susana,—se acabó la niña a fe
mía. Ídos apasear, señorita; no os diré nada, porque nada sé.
—Mientes, Susana, y te prohíbo que me contestes así. He oído
lo quedecías a mi tía, no hace mucho.
—Pues bien, señorita, si habéis oído no tenéis necesidad de
hacermehablar.
Susana me volvió la espalda y no quiso contestar a ninguna de
mispreguntas.
Regresé a mi cuarto, muy exasperada, y permanecí por mucho
tiempo decodos en la ventana; desde allí tomé por testigos a la
luna, lasestrellas y los árboles, de que formaba la inquebrantable
resolución deno dejarme tocar más, de no tener miedo de mi tía
en adelante, y deemplear todo mi ingenio en desagradarla.
Y dejando caer los pétalos de una flor, que deshojaba, arrojé al
mismotiempo mis miedos, mi pusilanimidad y mis anteriores
timideces.Comprendí que ya no era la misma, y me dormí
consolada.
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