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Mi Tio y Mi Cura

LAScostumbres y usos de nuestros tiempos han convertido la
novela, queantaño fue mero pasatiempo y solaz, en una
necesidad: todo el mundo lee,o quiere leer algo que llene los
vacíos de los ocios domésticos, o lastreguas del trabajo. Pero no
todas las novelas son aceptables. Lanovela, como todo lo
humano, es bipolar, y consiguientemente de bien ymal
susceptible.
Si una novela buena es un beneficio, una mala o perniciosa es
más que undaño.
Nuestra librería nacional carece en general de libros bien
escritos einteresantes que puedan ir a manos de todo el mundo;
las casaseditoriales españolas no se ocupan en traducir más que
las novelas deescándalo, vulgo: sensación. ¡Que hasta ese grado
de incapacidad moralhemos llegado!
Y si a alguien se le ocurre publicar alguna obra inofensiva,
suele serelegida con tan mal tino, que es las más de las veces
insulsa y anodina,y su falta de interés coopera al falso descrédito
de las obras buenas.
Pero si el naturalismo y mercantilismo modernos han hallado
modo defabricar, con el fango del vicio, muñecos que, vidriados
con un barnizde pseudociencia y dorados a fuego de pasión,
llegan a encantar a ungrupo de lectores, no desesperen por eso
los que aun sueñan con la vidadel arte humano, del verdadero
arte, que sin desdeñar nuestras miseriasde carne, asciende hasta
las regiones del alma para implantar su trono.Ese arte existe
todavía. Aunque la sed comercial lo desdeñe, no por esodejan
sus cultores el trabajo, y las estatuas, complejas que forman
yfunden en sus cerebros esos artífices, surgen diariamente a
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