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Mi Tio y Mi Cura

a propósito para darmepaciencia. Así es que sin cesar iba a casa
del cura, a confesarle miscuitas, inquietudes, esperanzas y
protesta contra la espera que me veíaobligada a soportar.
Sabía, que el objeto de mi amor ¡ay! no había hallado de su
gusto elviaje a Laponia. Paseábase tranquilamente en San
Petersburgo, y lashermosas eslavas me daban un miedo horrible.
—¿Estáis seguro de que no se enamorará de una rusa, señor
cura?
—Es de esperarse, Reinita.
—Es de esperarse... Contestadme de un modo más categórico,
mi cura. ¿Enqué pensáis? ¡Oh! no es posible que se enamore de
una extranjera;decidme que no es posible y que pronto me
querrá.
—Lo deseo ardientemente, pobre hijita mía; pero harías bien
en suponerlo contrario y prepararte de antemano.
—Me vais a hacer morir de impaciencia, con vuestra
resignación, señorcura.
—¡Cuán poco juiciosa eres, Reina!
—El juicio, según mi opinión, consiste en querer la felicidad.
Decidmeque me querrá, señor cura, decídmelo.
—No deseo otra cosa, hijita querida,—respondíame el cura,
quien apesar de su horror al sufrimiento físico hubiera sido
capaz de seguir elejemplo de Mucio Scévola, si la realización de
mis anhelos hubiesedependido de semejante sacrificio.
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