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Mi Tio y Mi Cura

—Los dados están echados—exclamé en voz alta golpeando el
suelo con elpie.
Mi altivez y yo saltamos el Rubicón y dije bajando los ojos:
—Mi querido comandante, aconsejad a Pablo que vaya entre
losesquimales, os lo suplico.
—¿Y por qué entre los esquimales?
—Porque las mujeres de por allá son espantosas—balbuceé,—
mientras quelas rusas son lindísimas.
El buen comandante me levantó la cara, roja de confusión, y
me contestósencillamente:
—Está bien, le aconsejaré, que vaya a Laponia.
—¡Cuánto os quiero!—exclamé con los ojos llenos de
lágrimas yestrechándole la mano.—Decidle que no permanezca
mucho tiempo en laschozas de esas gentes; no sea cosa que
enferme. Dicen que apestan.
Mi tío llegaba. Al verle me separé diciendo:
—Comandante, un hombre de honor no tiene más que una
palabra; mantenedla vuestra.
Subí a mi cuarto, con la desagradable convicción de que había
seguidopor completo el ejemplo del gobierno, pisoteando todos
los principiosde la dignidad.
Pero ¡bah! si uno no se ayudara un poco en la vida, ¿cómo
podríamossalir del paso?
Esta reflexión acalló mis remordimientos. Me senté en mi
escritorio yescribí:
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