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Añadí algunas sílabas de mi cosecha al nombre de Nasr-Ullah,
para hacermayor efecto, pensando que la sombra de ese buen
hombre no saldría de latumba a echármelo en cara. Mi tío y los
invitados mordíanse los labiospara no reírse al ver la fisonomía
del señor de Le Maltour, que delatabael mayor desconcierto y
Blanca exclamó:
—¿Has perdido la cabeza, Reina?
—No, absolutamente. Le pregunto al señor si comparte mi
simpatía porNasr-Ullah, un hombre que según parece, poseía
todos los vicios. Pasabala vida degollando al prójimo, sumiendo
a los embajadores en calabozosdonde los dejaba pudrir, y por
último, era un hombre de energía, queignoraba por completo ese
horrible defecto, que se llama timidez. Y supaís ¡qué país! Allí
reinan todas las enfermedades y por eso mismo megustaría
llevar a mi marido. La tisis, la viruela, vómitos que duranseis
meses, úlceras, lepra, un gusano que llaman richta, que roe a
laspersonas, y para extirparlo se...
—Basta, Reina, basta. Déjanos almorzar tranquilos.
—¿Qué queréis tío? La Tartaria me atrae. ¿Y a vos?—
pregunté al barón.
—Lo que decís de ella, no es muy halagüeño.
—Para los que no tienen sangre en las venas—
respondídespreciativamente.—Cuando me case, iré a Tartaria.
—A Dios gracias, no dependerá de ti, sobrina.
—Ya lo creo que sí, tío; haré mi voluntad, no la de mi marido,
a quienllevaré a Bukharia para que le coman los gusanos.
—¿Cómo? Comido por...—murmuró tímidamente el barón.

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