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Mi Tio y Mi Cura

En obsequio a mi nombre, a mi belleza, y a mi dote fuéronme
perdonadosmuchísimos pecados. Era la niña mimada de las
matronas, que narraban concariño anécdotas de mis abuelos y
bisabuelos y de otros antepasadoscuyos hechos y proezas debían
haber sido muy notables, para queaquellas bondadosas
marquesas hablaran de ellos con tanto entusiasmo.
Comprendí, con satisfacción, que para algo sirven en la vida
losabuelos, y que su égida polvorosa defiende las osadías y
caprichos delas nietecillas criadas en el fondo de los bosques.
Era la niña mimada de los maridos en perspectiva, que en mis
hermososojos, veían brillar mi dote; la niña mimada de los
bailarines, a quienesmi coquetería divertía, y confieso en voz
baja, muy baja, que sentía unafelicidad inmensa en jugar con los
corazones y en metamorfosear lascabezas en veletas.
¡Oh, coquetería, qué encanto en cada letra de tu nombre!
Era preciso que este sentimiento fuese innato en mi, porque
después deasistir a dos o tres reuniones conocía todos sus
detalles, astucias ymatices.
Quisiera ser predicador, nada más que para predicar la
coquetería a miauditorio y rehusar la absolución a las penitentes
sin talento paradedicarse a tan encantador pasatiempo.
Con tales ideas, quizá no permanecería mucho tiempo en el
seno de laiglesia, pero en mi corta carrera, creo que haría
bastantes prosélitos.Compadezco a los hombres, que creen
conocer todo, e ignoran los placeresmás finos y delicados. A mis
ojos; arrastran una vida de bolonios.
Mientras que yo me zarandeaba y hería corazones, Blanca
pasaba hermosay altiva, demasiado segura de su belleza, para
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