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Mi Tio y Mi Cura

Couprat estuviese enamorado mí. Sinembargo, como nunca he
sido pesimista, me apresuré a argüir paraconsolarme. Díjeme
que los corazones no deben estar precisamenteformados de la
misma manera; que si algunos se dan en un minuto, otrostienen
la facultad de meditar y estudiar antes de enamorarse; que si
elseñor de Couprat no me amaba aún, eso tenía que suceder hoy
o mañana,dado que era evidente, que existía entre nuestros
gustos y caracteresrespectivos una innegable semejanza. De
modo que aunque la decepciónhubiese sido grande, no
conmovió profundamente mi tranquilidad por buennúmero de
días. Me expandía en un ambiente simpático a todos mis gustosy
me regocijaba al calor de mi felicidad, como un lagarto al
resplandordel sol.
Mi prima tocaba muy bien el piano. El comandante que era
fanático por lamúsica venía al Pavol varias veces por semana y
su hijo le acompañabasiempre. De todos modos, siempre tenía la
puerta franca, pues loautorizaban para ello el haber sido
compañero de infancia de Blanca ylos vínculos del parentesco
que unían a las dos familias. A más, mi tíomiraba esta intimidad
con buenos ojos, porque de acuerdo con elcomandante y a pesar
de sus paradojas sobre el matrimonio, deseabaardientemente,
casar a su hija con el señor de Couprat, pues hallaba ycon razón,
que entraba en la categoría de los casos extraordinarios.
Sólo más tarde me di cuenta de este proyecto, al mismo
tiempo que deotras cosas, que me hubiera sido fácil comprender
antes si hubiesetenido más experiencia.
Generalmente llegaban a la hora de almorzar. Pablo, dotado
del apetitoque sabemos, almorzaba copiosamente y merendaba
sólidamente a las tres.Después de esto, Blanca me daba una
lección de baile, mientras élejecutaba con brío un vals propio.
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