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Mi Tio y Mi Cura

—Pero si me parece que lo es.
—Motivo de más, para no decírselo.
—¡Cómo!—contesté yo sorprendida.—¿Entonces debía
decirle que lohallaba feo?
—No debías de haber tocado ese punto. Ten cualquier opinión,
peroguárdala para ti.
—Sin embargo, mi tío, lo más natural es decir lo que se
piensa.
—No en sociedad, sobrina. La mitad de las veces es necesario
decir loque no se piensa y ocultar lo que se piensa.
—¡Qué horrible máxima!—exclamé asustada.—No la podré
poner enpráctica jamás.
—Ya llegarás a ello; mientras tanto, observa la etiqueta.
—¡Y dale con la etiqueta!—respondí, marchándome de mal
humor.
Por la noche cuando me puse a soñar en la ventana como tenía
porcostumbre, una inquietud indefinible y oculta turbó mis
ensueños. Penséen aquel día, con tanta impaciencia esperado, y
no pude negarme que lascosas no habían pasado según mis
deseos. ¿Qué era lo que yo habíaesperado? Lo ignoraba, pero
me espeté yo misma un discurso paraconvencerme de que el
señor de Couprat estaba enamorado de mi, y laperoración dio
término con un enternecimiento de mal augurio.
Al día siguiente, mis inquietudes habían desaparecido a pesar
de todo,pero por la tarde recibí una larga misiva de mi cura,
llena de buenosconsejos y con este final:
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