Acababa de recibir su título de abogado y de instalar su
estudio contoda coquetería.
Eran dos pequeñas piezas situadas en una casa de altos de la
calle deBolívar, puestas con la magnificencia que sus escasos
recursos le habíanpermitido y que consideraba regias, dado el
esfuerzo que le habíacostado alhajarlas.
¡Qué pequeños y miserables conceptuaba, comparados con él,
al estudiantede primer año que debía servirle de amanuense y
que era uncomprovinciano suyo y al gallego Manuel que le
servía de mandadero!
Ambos no le llamaban sino el doctor, como obligaban las
tablillas quetenía a la puerta, y le halagaba que no le olvidaran el
título ni aun enla más insignificante emergencia de la vida.
Esa frase que se había ganado y que le distinguía de los demás
mortales,le sonaba en el oído de una manera especial: la
encontraba dulce,acariciadora, melodiosa.
Tres días hacía que a las doce en punto llegaba a su oficina
vestidotodo de negro, con levita y galera, llevando en la mano
un rollo depapel, y que veía al amanuense y a Manuel, que
dejaban los dibujos yletras góticas que se ocupaban en borronear
y le saludaban, volviendo asu tarea luego que él se instalaba en
su escritorio con todaprosopopeya.
Ya esta escena se le iba haciendo familiar, cuando al cuarto
día entraal estudio y en vez de hallar sus súbditos haciendo
