Su amor a las monedas lo dejó en el mismo estado financiero
en que llegóal país: todo fue, pues, cuestión de comenzar de
nuevo.
Jamás pudo dar la policía con los ingeniosos autores de este
cuento.
Otro scrucho o cuento lindo—digno del anteriores el que
hubieron dehacerle a don José Robillotti, honrado italiano, que a
fuerza de laborhabía conseguido acumular unos dos mil
nacionales.
El amigo Robillotti, viudo, vivía en una casa de inquilinato,
ubicada enla calle de Reconquista, en compañía de Rosita, su
hija.
La tal muchacha, con sus 14 años, su carita rosada y sus
piernas gruesasy bien torneadas, era algo apetitoso y tentador y
hacía la desesperaciónde los dandys del barrio, que no perdían
ocasión de verla pasearse en lavereda con sus coquetos
vestiditos rosa, sus delantales negrosguarnecidos de trencilla
punzó con pliegues de pestaña, haciendo cantarsus zuequitos
escotados, y moviendo al son de esa música su cuerpoflexible y
airoso.
Y, ¡luego los vestiditos que usaba!... Si eran lo más traidores:
jamáscubrían las hermosas piernas tentadoras, calzadas, por lo
general, conmedias punzó.
