—¡Amigo, que son mulitas[86]!... ¡Yo tenía en la puerta de la plateríaun carro cargado de pasto verde, pero arreglado con un
hueco en elmedio; pasé, tiré la vidriera y seguí corriendo,
seguido del platero!¡Pobre hombre! ¡Ni coceó, y el carro se fue
con la vidriera, mientras amí me enloquecían a preguntas en la
comisaría!... ¡Vivos los mozos!
Los que hacen el scrucho o cuentan el cuento, son
simplemente, enbuen romance, los estafadores, los más
inteligentes, más astutos y demás buen tono en el mundo
lunfardo; son, como si dijéramos, suaristocracia.
¡Y así son de odiados por sus congéneres los punguistas y
losescruchantes!
Éstos se llaman batidores—delatores—y cuidan de ocultarles
susmanejos lo más que pueden; pero todo es inútil: no escapan
al ojo sagazdel estafador que es un infatigable caminador, y que,
como anda día ynoche por las calles en busca de otarios—
víctimas—no deja deconocerles las guaridas y los trabajos en
que andan ocupados. Se lesoye decir con mucha frecuencia:
—¡Vea!... ¡El trabajo (robo) que hace un hombre, se conoce
en el modode caminar!... ¡Si fuéramos de la policía, qué
pesquisas de mi flor!
El estafador, como el punguista, nunca camina solo. Siempre
lleva a ladistancia un compañero que le sirve para cualquier
papel que seanecesario desempeñar.

