Fue aquí, en este servicio, donde por primera vez conocí a don
TomásRegnier, mi compañero desde pocos días después, y mi
maestro siempre.Fue él quien encontrándome perdido en medio
de la multitud, sirvió deguía a mi alma, pudiera decirse infantil;
fue mi maestro y fue el focode luz que iluminó mi espíritu,
proveyéndome de armas—él que era inermepara emprender con
vigor la pesada lucha por la vida.
Todas las tardes, invariablemente, llegaba a las antesalas un
hombre alparecer convaleciente de larga enfermedad, tal era su
extrema palidez yla debilidad de toda su persona, que era
desaliñada en gradosuperlativo. Vestía de negro, con levita y
sombrero de copa, pero todoen un estado tal de ruindad y falta
de higiene, que asombraba cómo lasautoridades permitían la
exhibición de miseria semejante. No obstante,era correcto: las
prendas podían ser como eran, viejas y sucias, pero nole faltaba
ninguna de las correspondientes al rango de su traje, que
élllevaba con toda majestad y respeto, contrastando
singularmente con sumiseria y la exigüidad de su persona—
pues, sobre ser enclenque, era deuna estatura reducida a la
expresión más mínima—la suficiencia, y hastadiría, la
importancia que trasudaba.
Todo en él era altisonante, desde el taco torcido de sus viejos
botinesdeslustrados—que él al caminar tenía la pretensión de
hacer sonar contoda prosopopeya[66] y acompasadamente, pues su andar era cadencioso, ycasi pudiera decirse rítmico—, hasta el
lente que colgaba sobre su finanariz aguileña, y el cual, no
