—Por orden del señor ministro, señora, esos expedientes
dientes estánreservados... Son tantos, que para firmarlos se
necesita un mesentero...
—Es decir que el público es nadie, y que tenemos que
aguantar...
—¡No me diga usted, no me diga!... ¡Todo es porque el
ministro no seincomode!... ¡Cuidado, no se vaya a mancar
firmando!
—Pero señora, si es que...
—¡Yo sé bien, sí, lo que hay en todo esto; lo que se necesita
paramover los asuntos, son recomendaciones, cartitas,
empeños[60]... yaceite para la máquina!...[61] ¡Pero, déjese usted estar; yo veré alministro y le contaré lo que pasa! ¡Se ponen
ustedes a charlar y a tomarté, y no llevan los asuntos a la firma!
¡Ya verán ustedes el trote[62]que les voy a meter! —Pero señora... ¡mire usted que está faltando[63] en la oficina! —¡Ahora mismo voy a ver al ministro, y ya sabrá usted si
estoyfaltando!
El empleado ve que toda reflexión es inútil y se retira de
laventanilla.
La señora se aleja, vociferando y maldiciendo de los
empleados, de sufalta de educación, de su descortesía con las
señoras, y jurando que leshará ajustar las cuentas, aunque tenga
que perder un ojo de la cara.


