Luego, de allá, del fondo de la memoria, surgía la figura de
unsemigaucho, que con reminiscencias de vidalitas, ofrecía su
mazamorrabatida, y tras él un negro pastelero, que silbaba y
muy echado paraatrás, muy ventrudo, llevando en la cabeza un
gran cajón de factura,soplaba como un fuelle: "ta tapao; meté la
mano".
Mi cabeza era un volcán: todo lo oía, todo lo interpretaba y mi
cuerpose debilitaba en aquellas horas de agitación y de fiebre.
¡Buenos Aires entero, con sus calles y sus plazas y su
movimiento dehormiguero, bullía en mi imaginación
calenturienta!
¡Y considerar que a pesar de haber tanta gente a mi alrededor,
de tenertantos compañeros en mi nuevo puesto, yo estaba solo,
solo como si mehallara en el desierto!
¡No había en la multitud un alma que armonizara con la mía, y
envidiabade corazón a los cabos y sargentos que de nada se
asombraban y parecíansaberlo todo, no sabiendo nada en
realidad, y a los soldados como yo, aquienes no les preocupaba
lo que ignoraban, sino lo poco que sabían ytenían el coraje de
estar alegres y de reír!
¡Con qué ahinco estudiaba mis obligaciones, y cómo me
contraía a misdeberes, circunscribiéndolos al límite más

