Avanza hacia mí un hombre alto, delgado, de color pálido,
ceñudo, peroen cuya fisonomía serena se leía algo de bondadoso
que atraía:
—¿Qué se le ofrece, paisano?
Solamente el Himno Nacional tiene notas comparables a las
que yoencontré en esta frase sencilla me pareció ver el sol
dentro de aquelsalón oscuro.
—¡Traigo esta carta para Usía...; es de mi coronel!
Rompió la cubierta, tomó la cartulina que contenía y luego
derecorrerla, exclamó:
—¡Diez años de servicio sin un arresto, y dos ascensos por
acción demérito!... ¿Qué es lo que desea, sargento?
—¡Querría servir con Usía en la policía!
—¡Bueno!... ¡Ya se hará a la cancha![47]... Vea, no tengo sino puestosde vigilante; pero aquí, con buena conducta, se asciende
pronto.
Y diez minutos después recibía mi ropa en la mayoría[48], y quedaba comovigilante en la guardia del Departamento.




