Al fin llegó y con ella los guitarreros, que eran tres: un
viejotuerto—verdadero archivo de cicatrices—y dos parditos,
que eran susdiscípulos, los voceros de su fama y futuros
herederos de su clientelaen el pago.
Se colocaron los bancos en rueda, destinado el frente que daba
alrancho—sitio de honor—para los guitarreros, para las mamás
y para losmosqueteros de más consideración; luego seguían las
mozas que entraríanen danza y la turbamulta de mirones y de
asistentes.
El bastonero[23], que era dueño de casa, se situó en un punto cómodopara abarcar el conjunto y hacer la designación de
parejas con la mayorestrictez, y mientras se acordaban las
guitarras, empezó a estudiar laconcurrencia para—con
conocimiento de causa—poder hacer combinacionesque
pudiesen satisfacer las aspiraciones de todos: enamorados-
bailantesy bailantes solamente.
¡Cómo latía el corazón, en la esperanza de que fuera la moza
de susimpatía la que le tocara a uno en aquel reparto de
beldades, queduraría lo que durase la pieza!
¿Conmover al bastonero con una súplica? ¡Pero si eso era un
sueñoirrealizable!
Un criollo bastonero era inconmovible, y, sobre todo, tenía
demasiadaadmiración por las elevadas funciones que
desempeñaba para entrar enfamiliaridades con nadie.
¡Baste decir que ni a sus sobrinos tuteaba en esos momentos,
por norebajar su autoridad!
Organizadas las parejas, sonaron las guitarras, y se dejaron oír
losacordes de una polka en que trinaban las primas[24] y las 