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Memorias de un Vigilante

tan primorosos y cabestros tan llenos nos de bordados y
deadornos.
Son pingos del andar de gente presumida, y hasta con
pespuntes deelegantes mozas.
Previo el consabido ladrido de los perros—arrancados por mi
llegada aun sueño plácido y tranquilo, el relincho de los
redomones del palenque,los saludos del dueño de la casa y las
vichadas de las mozas ymocetones, que, cortos[16] con los
forasteros, se han ocultado en elrancho, eché pie a tierra y fui a
sentarme en el ancho patio reciénbarrido y carpido, que a la
noche serviría de salón de baile, iluminadopor la luna plácida y
serena, aquella luna de mi tierra que veo altravés del tiempo,
quizás embellecida por el recuerdo.
Los preparativos para la fiesta estaban en lo mejor.
Allá atrás del rancho, formado por una pieza grande depaja—
quinchada[17]—había un remedo de otra, formada por cuatro
cuerosde potro y algunas ramas mal atadas, que pomposamente
se denominaba conel simpático nombre de la cocina.
A través del agujero que le servía de puerta, y por entre la
nube dehumo que vomitaba, veía, desde donde estaba sentado,
un hacinamiento decabezas, alumbradas por la llama temblorosa
del fogón.
Entre risas ahogadas y cuchicheos, oía el canto monótono de la
sartén enla que se freían montones de pasteles dorados, que
espolvoreados conazúcar rubia, llevados de a seis u ocho—
máximum que podía contener elúnico plato de loza que había en
la casa—con destino al depósitogeneral, que estaba en la pieza
de paja, bajo la custodia de una viejavigilante, tía[18] respetada de
 
 
 
 
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