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Memorias de un Vigilante

DE ORUGA A MARIPOSA
Tras un galope de algunas leguas—andaba de vago y era joven
yaficionado al baile y las buenas mozas—llegué al viejo
ranchodesmantelado y solitario—veterano de cien tormentas—
donde se iba abailar, cosa que no era muy frecuente entonces,
dada la escasez depoblación en aquellos parajes.
Al acercarme al palenque, ya pude contar cuántos me habían
precedido enla llegada y hasta saber quiénes eran: allí estaban
sus caballos a modode tarjeta de visita.
Primero, el petiso de los mandados—maceta[9] y
mosqueador[10]—quebuscando verse libre de las sabandijas[11] u
obedeciendo a la costumbrede evitarlas, había ido retrocediendo
hasta apartarse del grupo, ysembrando el trayecto recorrido con
las pilchas[12] del muchacho a cuyoservicio lo había condenado la
suerte, que nunca le fue propicia; luegolos mancarrones[13] de
algunos gauchos pobres y de los viejos vagos delpago, con sus
aperos formados con prendas de procedencia diversa y demás
diversa fabricación, con sus riendas peludas y anudadas y con
suscinchas enflaquecidas de puro dar tientos para remiendos; y,
finalmente,algunos redomones[14] bravíos, que al sentirme llegar
yerguen lasorejas, relinchan y se agitan, indicándome que ya
hay mocetones que meharán competencia en el corazón de las
dueñas de esos otros pingos,cuidados y lustrosos, tusados[15] con
coquetería, y cuya crin ha servidopara dibujar ya un arco
atrevido, ya una guarda griega caprichosa, y quelucen bozales
 
 
 
 
 
 
 
 
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