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Memorias de un Vigilante

Concluía quizás la primera década de mi vida, cuando un buen
día llegó ala casa una tropa de carros, que, desviándose del
camino que serpenteabaentre las cuchillas, allá en la linde del
monte, venía a campo traviesabuscando un vado en el arroyo,
que disminuía en una mitad el trecho arecorrer para llegar al
pueblo más cercano.
El capataz habló con mi padre; y éste, de repente, me hizo
señas de queme acercara, y dijo:
—¡Este es el muchacho!... Como obediente y humilde, no
tieneyunta[1]... ¡el otro que podía igualarlo se nos murió la vez
pasada!...¡Como conocedor del monte y del arroyo, lo verá en el
trabajo!
A mí me zumbaron los oídos, y no pude saber lo que el
hombre contestó;sin embargo, me di cuenta, así en general no
más, de que ya no podríaextasiarme a la sombra de los espinillos
florecidos viendo cómo laslagartijas se correteaban sobre la
cresta de los hormigueros, haciendorelampaguear sus armaduras
brillantes, ni pasarme las horas muertas,escuchando el
contrapunto de las calandrias y de los zorzales,estimulados por
el lamento de los boyeros parados al borde de sus
nidos,colgados allá en la extremidad de los gajos más altos y
flexibles de losmolles[2] y coronillos[3].
Mi padre me sacó de mi éxtasis con su voz ronca y varonil,
esta vezimpregnada de una dulzura desconocida.
—¡Oiga, hijito!... ¡Vaya, traiga su petisito bayo[4] y
ensíllelo!...¡Va a acompañar a este hombre, que es su patrón!
 
 
 
 
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