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Memorias de un Vigilante

conteniendo sino un vidrio, pues el otrose había caído, daba a su
fisonomía una expresión grotesca, marcadamentesatírica.
Yo lo veía llegar, avanzando despacio, tranquilo,
despreocupado, con sucuello erguido, la cabeza levantada con
cierta insolencia de buen tono ycon su levita que se caía a
pedazos, sus pantalones deshilachados ygrasientos y su galera y
la corbata y hasta el bastón que llevaba bajoel brazo, lo mismo,
y trataba de averiguar, aunque fuera por deducción,el objeto que
lo traía diariamente al despacho.
Se sentaba en el rincón más oscuro del salón de espera durante
unosveinte minutos, permanecía quieto y silencioso y luego se
retiraba talcomo había venido, si por acaso no encontraba al
mayordomo Luis Morel,persona que hacía el servicio especial
del ministro. Si lo encontraba,la escena tenía una variante, pues
el mayordomo lo llevaba al cuarto delos ordenanzas, le daba una
taza de café con galletita,—que él tomabaen silencio, y muy
despacio—y luego se ausentaba con la mismaprosopopeya, y la
misma importancia y el mismo pasito cadencioso yrítmico con
que había venido.
Los ordenanzas y porteros no lo conocían, y por lo que pude
notar lomiraban con desprecio, llegando uno, que abrigaba
rivalidadesmayordomescas, a decirme con socarronería:
—¡Es un amigo del hombre de confianza del ministro!...
¡Persona muybien relacionada, como usted lo ve!
El cabo Pérez no se dignaba bajar la vista hasta él, y cuando
lepregunté quién sería el personaje me echó una mirada
fulminante con suojo blanquizco que brillaba bajo la visera del
kepí, y me dijo:
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