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Memorias de un Vigilante

—¡Aquí está, señor! ¿Podría decírmela?...
—Sí, señora. "Previa reposición de sellos, no ha lugar y
archívese."
—¡Pero señor, qué escandaloso! ¿En qué tierra vivimos? ¿Es
posible quehaya gastado tantos pesos para tener semejante
resolución? ¡¡Esto es unapillería, un robo, una judería[64]!!
—¡Señora, yo no tengo la culpa!... ¿Qué le vamos a hacer?
—¡Ya verá usted lo que le vamos a hacer! ¡Cómplice!
¡Fariseo[65]!¡Judas Iscariote! ¡Porque me ve así no crea que soy lo
que parezco;ahora mismo veré al ministro!... ¡No ha lugar y
archívese!..., ¿yentretanto al señor Mengano y al señor Zutano
les conceden?... ¡Esclaro, todos son de una camada!... ¡Pero
conmigo se han de ver lascaras, no hay cuidado! ¡Yo no tengo
pelos en la lengua, y se las he decantar!
El empleado se retira con toda cachaza, y va a ocupar su
asiento; laseñora sale de la oficina con una rapidez de huracán,
gesticulando ytartamudeando improperios contra el gobierno y
los empleados, y,todavía, al toparse conmigo, me da un
encontrón, y como un relámpagoalcanza al cabo Pérez que,
siguiendo sus paseos coquetos e inofensivos,ignora lo sucedido
y le azota con esta frase, cuyo final va a perderseallá en los
vericuetos del zaguán que da salida a la escalera, frente
aldespacho presidencial:
—¡Ladrones!... ¡Permita Dios que venga el cólera y acabe con
todos!¡Fariseos!... ¡Asesinos!
 
 
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