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Memorias de un Vigilante

emergía de entreunos bigotes semirrubios y enmarañados, que
eran el orgullo de supropietario.
Con esto y con bañar su rostro en una sonrisa con pretensiones
depicarescamente bonachona, quedaba perfilado el cabo Pérez
en toda sugraciosa majestad.
Estas impresiones, que son las primeras que tuve en Buenos
Aires, puededecirse, las tengo presentes, y las siento como si
fueran de ayer; veoaún las escenas y las cosas, tal como se
presentaron a mí, así entropel, medio confusas, informes,
barajándose de una manera infernal,figuras, espectáculos,
diálogos, ruidos y hasta aire de personasabsolutamente
desconocidas, que yo encontraba en la calle o veía en
lasantesalas del Ministerio en las horas de facción.
Durante mi corta comisión alcancé a conocer, con sólo verlos
caminar, alos vagos que pasan la vida en las antesalas, buscando
empleo; a losimaginativos que se creen en posesión de los
puestos que anhelan porquehan llevado al ministro una carta de
cualquiera que se les antoja devalimiento[56], a los
pichuleadores[57], a los amigos de confianza delos escribientes y
auxiliares, a los de otros que vuelan más alto, a
loscomisionistas, a los noticieros de los diarios, a las señoras
honestasque buscan pensión y a las más interesantes aun que
gestionan asuntospor cuenta ajena; fueron las que estudié y
observé con más detenimiento,porque eran las que abundaban y
las que constantemente tenía ante losojos.
Las conocía por el aire de suficiencia que respiraban, por la
majestad,que como un perfume se exhalaba de sus personas, y
por el amaneramientode todos sus gestos y ademanes.
 
 
 
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