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Memorias de un Vigilante

estrecho que era posible,tratando de aislarlos del mundo aquel,
que me rodeaba y que temía!
¡Pronto aprendí lo poco del oficio que tenía que aprender, y
libre ydespreocupado pude entregarme a la investigación
paciente y minuciosa detodo lo que me rodeaba, a la
observación metódica y tranquila de todo loque veía y oía, y
cuánta conquista pude hacer para mi alma anhelosa deconocer, y
sedienta de vivir!
Tengo grabadas en la retina, y para siempre lo estarán tal vez,
lasescenas callejeras que más me impresionaron, los cuadros de
la vida queprimero descifraron mis ojos y las primeras letras del
abecedario socialque aprendí a conocer.
Mi primer servicio en carácter de vigilante fui a prestarlo a los
veintedías de mi ingreso, bajo la dirección del cabo Pérez; el
teatro elegidofue el Ministerio del Interior[54], donde se requería,
por no sé quécausa, ayuda de la fuerza pública.
El tal servicio consistía en estar parado en la puerta de la sala
deespera... y en nada más.
Quince días pasé desempeñando mi comisión con toda
conciencia, bajo lainmediata vigilancia del cabo, que era
flamante, lleno de ardimiento, ycreía que las funciones que
desempeñábamos eran de esas que ni lospueblos ni los
gobiernos olvidan, y hacen de los que han tenido lasuerte de
ocuparse en ellas una especie de dioses chicos, merecedores,no
ya de estatuas en las plazas públicas, sino de ser tenidos
comoejemplos en la historia de la humanidad civilizada.
¡Pobre Pérez!
 
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