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Memorias de un Vigilante

Veía las mesitas de hierro de los cafés y confiterías de la
Recoba[50],que dividía las plazas de la Victoria y 25 de Mayo—
que años más tardedemolió el intendente Alvear,—rodeadas por
borrachines paquetes[51],por otros ya transformados en verdaderos
descamisados o que estaban porserlo, por soldados y marineros
barajados con clases[52], oficiales yhasta jefes, y en las calles
laterales y en las veredas, hombrescargados con canastas, que
anunciaban en todos los tonos las másvariadas mercancías,
gentes apuradas, que se llevaban por delante unas aotras;
carruajes, carros, tramways, y más lejos, allá abajo, en elpuerto,
máquinas de tren que cruzaban, vapores que silbaban,
changadoresque corrían, carros que andaban entre el agua como
en tierra, ysirviendo de fondo a la escena el río imponente con
su festón delavanderas en el primer plano, y en lontananza un
bosque impenetrable demástiles y chimeneas.
Pero lo que más me desvelaba eran las ilusiones del oído,
aquellas vocespronunciadas en todos los idiomas del mundo y
en todos los tonos yformas imaginables.
Veía venir a un italiano bajito, flaco, requemado, que, con voz
detiple[53], aunque doliente como un quejido, exclamaba
acompasadamente:"Pobre doña Luisa", "Pobre doña Luisa",
mientras lo que en realidadhacía era ofrecer los fósforos y
cigarrillos que llevaba en un cajóncolgado al pescuezo; otro alto,
rollizo, con un cuello de media vara, yllevando canastas repletas
de bananas y naranjas, exclamaba en tonoalegre: "arránqueme
esta espina"; mientras un francés que vendíaanteojos,
cortaplumas y botones, anunciaba con un vozarrón de bajo:
"soyun pillo", coronado por un vendedor de requesones, que
clamabaintermitentemente: "tres colas negras".
 
 
 
 
 
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