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Memorias de un Vigilante

El principio de mi carrera fue penoso y mortificante. Carecía
hasta delas nociones más elementales de lo que formaba la vida
de la ciudad, ytodo era para mí motivo de asombro y de
curiosidad.
Las calles, los tramways, los teatros, las tiendas y almacenes
lujosos,las jugueterías, las joyerías, las, iglesias, no era extraño
que mearrastraran hacia ellas con fuerza invencible y que no
tuviera ojos nioídos para observarlas y asombrarme: era que
todo me llamaba, todo meatraía.
No conocía ningún detalle de la vida civilizada, y cada cosa
que saltabaante mi vista era un motive de sorpresa. No hablo,
por cierto, de lasmaravillas de la electricidad, de la fotografía,
de la imprenta e de lamedicina, que eran cosas abstractas para
mí en ese tiempo: hablo de loscarros, de los carruajes, de los
vendedores ambulantes, del adoquinado,del agua corriente, que
no podía comprender cómo manaba de una pared consólo dar
vuelta a una llave; del gas, que me producía verdadero
deliriocada vez que pensaba en él; de las casas de vistas[49], de las
vidrieraslujosas, del sombrero, de la ropa y hasta del modo de
reír y conversarde las gentes.
Durante un mes mi cerebro trabajó como no había trabajado
durante todoslos días, de mi vida, reunidos, y de noche las
paredes desnudas de mimodesto cuarto de conventillo me veían
caer como borracho sobre mi cama,abrumado bajo el peso de las
sensaciones de cada día.
Me acostaba, y la baraúnda de las calles zumbaba en mis
oídos, ydesfilaban, en hilera interminable, las figuras
heterogéneas que en eldía habían pasado ante mi vista.
 
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