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Memorias de un Vigilante

Y alguna, quizás, de esas preciosas mujeres que como en un
relámpagopasaban en sus coches lujosos, deslumbrando mi
vista, estaba destinada aapartarse conmigo, allá, a una casita
lejana, en cuyo umbral modestoirían a morir sin rumores las olas
tempestuosas que me azotaran en lashoras de lucha.
Y luego mi vista recorría con asombro los muros del
despacho,empapelados de color granate; los muebles tallados de
los cuales notenía la menor idea, y comparaba aquello—que yo
creía la últimaexpresión del lujo—con el destartalamiento de la
carpa del coronel que,a nosotros, nos parecía suntuosa.
¡Era el punto de comparación que teníamos para darnos cuenta
de lamagnificencia de los palacios encantados que en sus
cuentos nosdescribía el trompa Gareca, aquel viejo veterano que
recibió el Sol delEcuador a las órdenes de San Martín, que fue
asistente del generalPaunero[42] en la guerra del Paraguay y que
hoy duerme el sueño delolvido en las soledades de Las
Manzanas![43]
Cayó durante uno de aquellos combates homéricos del general
ConradoVillegas[44], con el bravo Namuncurá[45], y allá se quedó...
como se hanquedado tantos—modestos y oscuros, de esos que
cumplen el deber por eldeber y a quienes los eunucos[46] de la
acción y del pensamiento lesllaman soñadores porque no
pusieron, sobre todo, las exigencias de labestia,—sin que la
patria les recuerde, por más que le consagraron loúnico que
poseían: ¡la vida!
De repente me sacó de mis sueños y contemplaciones la voz
del ordenanza,quien tocándome en el hombro, me decía:
—¡Ahí está el jefe!... ¡aproveche!
 
 
 
 
 
 
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