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Memorias de un Vigilante

¡Qué día, aquel feliz, en que después de cuatro años de rudo
aprendizajetuve en mi brazo la escuadra de cabo 2º de la 4ª
Compañía!
¡Era alguien, y esto es mucho para quien no había sido nada!
Ya no era el paria, el desheredado, el caballo patrio[37] que
cualquieraensilla y nadie cuida: era el cabo Fabio Carrizo, el
principio de aquelsargento 14, que en 1880 recibía su baja
absoluta, después de diez añosde servicios prestados
dondequiera que hubiese flameado la viejabandera, jurada allá
en la cuesta de una loma en marcha para San Luis.
¡Aquel batallón fue mi hogar y fue mi escuela!
¡Hoy, cuando lo veo desfilar por las calles, siempre con el aire
marciala que obliga la tradición del número, busco en vano el
rostro tostado deaquellos que conmigo tiritaban en los fogones
de la frontera, y ya noestán!
¡Queda sólo del tiempo viejo de las miserias sufridas en
silencio, lagloriosa bandera deshilachada que tantas veces cuidé
en largas horas deangustia y cuya vista hace latir todavía mi
corazón como en aquellas,dichosas, en que, al regreso de una
expedición arriesgada de la quemuchos de los nuestros no
volvían, era sacada para que el capellándijera ante ella su misa
por el eterno descanso de los que quedaban alláentre las
sinuosidades de las sierras, en el triste cementerio aldeano obajo
el manto eterno de verdura de la pampa desierta y misteriosa!
 
 
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