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Memorias de un Vigilante

segundas[25],y no tanto destinada a ser bailada cuanto a demostrar
la habilidad delos ejecutantes: era como un punto de atención
echado por el viejoguitarrero.
Los mocetones más empilchados y ladinos fueron los que
debutaron.Metidos en sus grandes botas de charol, con el taco
como aguja y contodo el frente bordado, daban vueltas
pretenciosas de elegantes,pareciendo muñecos movidos por un
mismo resorte, tal era la precisióncon que seguían el compás
que el máistro marcaba con la cabeza.
El bastonero—para satisfacción de las mamás, que se le
dormían[26] alos pasteles y al mate, agrupadas alrededor de
losguitarreros—circulaba entre las parejas, diciendo
cuchufletas[27] yhaciendo con su frase sacramental—¡que se vea
luz, caballeros!—que lasaproximaciones no fueran más allá de
lo lícito y honesto.
Concluida la polka, las parejas se deshicieron: las mozas,
después desacudirse las polleras para quitarles la tierra, tomaron
asiento ycomenzaron a torcer sus pañuelos, a sacarse mentiras o
a alisarse eljopo, para dar ocupación a las manos, que ociosas
les incomodaban,mientras los mozos volvían sonrientes a
nuestras filas, de donde elbastonero los sacaba de uno a uno,
para hacerles probar de cierta cañacon cáscara de naranja, que
tenía reservada para los preferidos.
Volvieron a sonar las guitarras, haciéndose oír un rasgueo,
alegre yarmonioso; era un gato que se bailaba solo de puro
sentido y bientocado.
Dos parejas salieron al medio de la rueda. La segunda, que era
puramentedecorativa, pasaba desapercibida: la primera era
formada por un mocetónde color bronceado—vistiendo amplio
 
 
 
 
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