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Memorias de un Vigilante

pequeñoscortes producidos por el cuchillo al picar el naco, de
modo a no darla espalda a nadie.
Y allí se quedaban con las piernas dobladas y el cuerpo
encogido en esaposición en que se encuentran las momias
incásicas en sus urnas debarro, pintarrajeadas.
Más allá, parados, con los pies cruzados, un pucho coronando
la oreja,medio perdido entre una mecha rebelde que se escapa
del sombrerodescolorido y ajado, están los gauchos pobres y
menos considerados, consus chiripás rayados, sus camisetas de
percal y sus rebenques colgadosen el mango del facón,
atravesado en la cintura y que asoma por sobre elculero[21]
fogueando por el lazo o por bajo el tirador, cuando mássujeto
por una yunta de bolivianos[22] falsos.
Ellas, las mozas, venían en grupo, disimulando su turbación
con unasonrisa y haciendo sonar sus enaguas almidonadas y sus
vestidos depercaltiesos a fuerza de planchado y que cantaban
alegremente al rozarel suelo.
Se sentaban en hilera, graves, por más que la alegría les
rebosaba; seponían serias, pero la risa les chacoteaba entre las
pestañas largas ycrespas, jugueteaba sobre sus labios y se
arremolinaba, allí, en lasextremidades de la boca.
Pronto la conversación se hizo general, la fuente de pasteles se
puso alalcance de las manos y la familiaridad comenzó a
desarrugar los ceñosadustos y a alejar las desconfianzas.
Más mozos y más mozas continuaron llegando, y de recepción
en recepcióny de pastel en pastel, fuimos alcanzando a la noche,
que era laaspiración de todos.
 
 
 
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