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—¡Señor, yo no soy digna!—exclamó María con un grito de angustia y dedicha a la
vez.
Jesús volvió a decir:
Toda eres hermosa, amiga mía, y en ti no hay mancha.
—¡Jesús mío, os amo sobre todas las cosas!
Paloma mía, muéstrame tu rostro, suene tu voz en mis oídos, porque tuvoz es
dulce y tu rostro hermoso—replicó Jesús inclinándose todavíamás.
Entonces la joven, arrebatada de gloria y entusiasmo, se abrazó a lasrodillas del
Señor y las inundó de lágrimas, diciendo entre sollozos,como la esposa del texto
sagrado:
Mi alma se ha derretido cuando habló mi amado.
Y poco a poco sus brazos, anudados al cuerpo de Jesús, fueron subiendohasta
estrecharle el cuello. Faltole el aliento y sintió escapar sumemoria, su imaginación y
todas sus potencias, perdiéndose en unaalegría inmensa y ansiosa, donde todo el ser se
bañaba como en un éterpurísimo. Acercó el rostro al del Señor; tocó con sus mejillas
las delAmado, posó los labios en la blancura de su frente, en el fulgor de susojos, en
el coral de sus labios.
Y en la sala de la torre, silenciosa, hundida en las tinieblas, sonó porlargo tiempo un
ruido de sollozos y besos comprimidos. Al cabo, uncuerpo humano, el cuerpo de la
señorita de Elorza, privado de sentido,rodó pesadamente por el suelo. Genoveva, al
entrar con luz, después deun rato, todavía la halló desmayada, con los ojos abiertos e
inmóviles,reflejando en su rostro una celestial alegría.
VIII
COMO USTEDES GUSTEN
Llegó la primavera. Los vientos del N. E., a modo de escoba gigantescamanejada
por la mano de algún dios aficionado a la limpieza, barrían amenudo el polvo y la
ceniza del firmamento. Los marineros que salían demadrugada a la pesca, al poner el
pie en el muelle veían muchas veces ungran pedazo de cielo azul sobre las casas
lejanas del Moral, que se ibaextendiendo lentamente hacia los cuatro puntos
cardinales, dejandosuspensas sobre el horizonte algunas levísimas rayas de niebla de
colorvioleta semejando grandes cejas. La vasta sábana de la ría, en vez delos tristes y
metálicos reflejos del invierno, dejaba escapar ahorahermosos destellos azules, y las
cáscaras de nuez, llamadas barcos pormal nombre, cabeceaban impacientes en la
dársena como otros potrospreparados a salir. Mas por las tardes todavía el invierno
 

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